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#1
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Había pasado algo increíble de creer, había sucedido algo imposible de contar. Generaciones enteras y los mismos siglos se dividirían en dos como se divide el caudal de un río que se encuentra en su lecho una gigantesca piedra angular. Y su hija sin encontrar la forma de descubrirle el relato de la Anunciación.
María no encontraba el momento. Bueno, momento lo que se dice momento sí que se le ofrecía. Su madre y ella solían sentarse juntas a coser. Durante ese tiempo hablaban y hablaban. Hablaban de todas las cosas. O simplemente permanecían en silencio. En este nuevo silencio que durante los últimos días se había instalado entre madre e hija latían dos corazones a punto de saltar hechos pedazos. La madre quería preguntárselo a su hija: ¿Estás embarazada, hija mía?, y no encontraba el cómo. La hija quería darle un “Sí, madre mía”, un Sí maravilloso, Divino, y no encontraba el cuándo. El hecho es que el Niño estaba creciendo en sus entrañas, que la evidencia de su estado se estaba criando cada día más grande, que si José se enteraba por la boca de los vecinos… No quería ni pensarlo. Necesitaba revelarle la verdad a su madre. Su madre era la única persona en el mundo en quien podía confiar Ella un Misterio tan grande. Tenía que hacerlo, pero como no daba con el cómo no llegaba nunca el cuándo. Pues pasó que la madre y la hija se sentaron uno de aquéllos días la una frente a la otra. Las dos mujeres sabían que había llegado el momento, que ése era el momento. La primera en hablar fue la Virgen. “Madre, ¿usted cree que Dios lo puede todo?”, exhaló Ella con toda ternura. “Hija”, suspiró la Viuda, que sólo quería ir derecha a la pregunta: ¿Estás embarazada hija mía?, y no le salía. “Ya lo sé, madre. Usted me dirá: Dios es nuestro Señor, ¿cómo mediremos nosotros la fuerza de su Brazo? Y yo soy, madre mía, la primera en repetir sus palabras. Pero quiero decir, ¿su Poder se acaba donde empiezan los límites de nuestra imaginación o es precisamente al otro lado donde empieza su Gloria?”. “Qué me quieres decir, hija mía, que no te entiendo”, atrapada en una dirección distinta a la que se moría por emprender la madre de la Virgen articuló como pudo. “Yo tampoco sé muy bien cómo llegar a donde quiero ni qué quiero decir. Tenga paciencia conmigo, madre. Después de aquí nos vamos al Cielo y desde allí Arriba las cosas de la Tierra no afectan; así que lo que nos toca es intentar descubrir la naturaleza del Dios que nos llamó a soñar el Cielo mientras estamos aún aquí en la Tierra. ¿No es verdad que Dios puede convertir las piedras en hijos de Abraham? Pero lo que yo me pregunto es si hablando de esta manera lo que el profeta quiso darnos a entender es que tenemos la cabeza tan dura como una piedra. ¿Puede una piedra conocer a Dios? ¿Entre un hombre que no quiere conocer a Dios y una piedra cuál es la diferencia?”. “¿Adónde me quieres llevar, hija?”, como pudo aguantó la Viuda su impaciencia. “A un hecho maravilloso, madre. Pero como no sé el camino no se enfade conmigo si exploro sola como esos montañeros que se enfrentan por primera vez a la pared virgen. Lo único que me puede pasar es que caiga a los pies de su falda traspasada por mi ignorancia”. “No digas eso, hija. No estás sola, aunque vieja yo te sigo. Sí, María, yo sé que la gloria de Dios empieza donde acaba la imaginación del hombre. Sigue”. La Virgen rompió entonces en dirección en apariencia aún más contraria, diciendo: “¿Madre, qué le dijo el mensajero de mi abuelo Zacarías? ¿Por qué no me lo ha querido contar todavía? ¿Por qué no me ha enviado a la casa de mi abuela Isabel? Ahora que puede, contésteme: ¿Puede o no puede hacer nuestro Dios que unos ancianos den a luz?”. La Viuda y José no habían querido descubrirle aún a María la naturaleza del mensaje que Zacarías e Isabel les habían enviado hacía poco; de hecho la Viuda había decidido enviarles a María. La cuestión del estado de gracia en que de pronto se halló su hija le borró de la mente todo lo demás. El mensajero que Zacarías e Isabel enviaron a Nazaret, en efecto, les describió a la Viuda y su yerno, detalle por detalle, lo que le había sucedido a Zacarías en el Templo. Especialmente la imagen del hermosísimo ángel que castigó la falta de fe de Zacarías quitándole el habla. ¡Señor! su hija María le estaba describiendo aquel ángel como si ella misma lo hubiera visto con sus propios ojos. ¿Cómo era posible? En principio era imposible. El mensajero de Isabel y Zacarías no habló con Ella mientras estuvo en Nazaret. Claro que se lo podía haber contado José. ¿Se lo había contado José? José le dio su palabra de no ser él quien le daría la noticia a su hija. La palabra de José, la Viuda lo sabía, era ley pura y limpia como los chorros del oro. No la rompía jamás. No, José tampoco le había dicho nada todavía. Estaba preguntándose cómo su hija se había enterado cuando el corazón se le fue al recuerdo del día que su hija hizo el Voto de Virginidad. Allí, en aquéllos días, la Viuda se preguntó por qué el favor del Señor sobre su casa se había extinguido, por qué les había vuelto la espalda como quien abandona los despojos al enemigo. En el secreto de su corazón la Viuda quedó atrapada entre las redes del Dilema de Job. Pero a diferencia del santo ella no encontró la respuesta enseguida. Ni la encontró en los años que habían pasado desde la muerte de su marido al día corriente. Había llegado la hora de saber la razón por la que el Señor se llevó entonces a su marido. Maravillada, absorta, fuera de este mundo, flotando su ser sobre las mismas olas que un día se convirtieran en colinas bajo los pies del Gran Espíritu, la Viuda seguía mirando a su hija con los ojos clavados en sus palabras. Entonces la Virgen volvió a cambiar de tema. “Madre -le dijo Ella- ¿no juró Dios que un hijo de Eva le aplastaría la cabeza a la Serpiente?”. “Así es”, le respondió la Viuda con el habla perdida en alguna parte del infinito en que se había quedado atrapada su mirada. “¿Y no dicen también nuestros libros sagrados que de todos los hombres que han existido sobre la faz del mundo jamás nació uno tan grande como Adán?”, siguió Ella. “Así me lo enseñó mi padre a mí y así te lo enseñó a ti el tuyo. Te escucho, hija”. María continuó adelante: -Ahhhh, aquí está su talón de Aquiles. Con esta arma secreta escondida en la manga los fariseos llevaron a Jesús al tema de las primogenituras, unigenituras. Entonces uno cualquiera sacó el manual de los golpes bajos y lanzó el bombazo. -Nuestro padre es Abraham, ¿quién es el tuyo? A Jesús se le subió el celo que lo consumía por su Madre a la cabeza. -Sois hijos del Diablo -les respondió con la fuerza de un huracán comprimido en la garganta. Sólo otra vez, sólo en otra ocasión de la que no querrían acordarse verían al hijo de la Virgen saliéndole rayos de los ojos. Y ya no paraba nunca, ya no se detenía hasta saciar su cólera hasta el último átomo de ira. En adelante entre El y ellos la partida se jugaría a cara o cruz. Cara, se los llevaba El a ellos por delante. Cruz, se cobraban la suya. |
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